Hace unos días estuve cenando con mis amigos de la infancia. Y lo de la infancia no es una frase hecha. Algunos nos conocemos desde la guardería, y eso significa que en todo este tiempo hemos aprendido juntos a coger la pinturas de colores, a abotonar corchetes (que eran más fáciles que los botones y los cordones ¡qué lío éstos últimos!), aprendimos a leer, a jugar a indios y vaqueros, aprendimos los verbos irregulares y los regulares, aprendimos integrales y despejamos muchas incógnitas que se llamaban equis…
Hoy son gente que merece mucho la pena. Gente normal, que han luchado por ganarse la vida, que es lo que nos decían que debíamos hacer, cuando la vida la tenemos ganada desde el momento que nacemos!!!! Gente currante, imaginativa, que ha sabido inventarse una vida, ya haya sido como ingeniero de caminos, o como informático, o ATS, o contable, o publicista, o maestro, ortopedista e incluso como bancario. Gente que llegamos al mercado de trabajo en un momento de alta tasa de desempleo de finales de los ochenta. Gente que las pasamos canutas para encontrar un trabajo bien pagado. Gente que crecimos con el “esfuérzate” y el “lo importante es meter la cabeza” como lemas para tener trabajo.

Cuando se aproxima el fin de año suelo hacer balance de las cosas buenas y malas que me han pasado. Suelo valorar los aciertos y errores que creo haber tenido. Es una costumbre que tomé con otro grupo de amigos, éstos del baloncesto. Si hablamos de mejorar, si pensamos en avanzar, lo primero que hay que hacer cada poco (yo lo hago cada año, porque un año es un tiempo corto si el escenario es toda la vida), es evaluar cómo lo hemos hecho, qué nos dejamos en el tintero y en qué podemos ser mejores.
A mí me es muy útil. Me basta con algunos minutos, en un lugar tranquilo, para hacer un repaso mental de las cosas que han pasado, para evaluar el grado de satisfacción personal, y proponerme una lista de buenos propósitos para el año siguiente. Esto último lo aprendí del grupo de mis mejores amigos de la universidad. Uno de ellos dice que siempre hay margen para mejorar. El otro, en cambio, opina que mejorar está muy bien siempre que se pueda, pero disfrutar de lo que tenemos es vital para no caer en la esquizofrenia de este mundo en plena carrera hacia ningún lado.
En definitiva, los seres humanos somos el fruto de nuestra propia identidad y de aquello que hemos ido encontrando en el camino. Somos el fruto de nuestras experiencias y de las de los compañeros de viaje que hemos decidido tener. Yo me siento muy dichoso de mantener estas relaciones tan distintas entre sí. Gente muy dispar de la que aprendo muchas cosas. Desde los planteamientos más profundos hasta los momentos más canallas, de las reuniones reflexivas e íntimas a las más divertidas y cachondas.

Los amigos son gente que merece la pena. Y por eso hay que cuidarlos.
¡Buenas fiestas a todos!
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