¿Con tus gafas o con las mías?

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¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira? ¿Quién tiene la razón? ¿Por qué? Hace años que pienso que el mundo se esta quedando sin verdades absolutas, afortunadamente. Hoy más que nunca, gracias a la cantidad de información que existe, todo es relativo. Las religiones, los políticos a través de las escuelas cuando hemos sido pequeños, y de las leyes e ideologías después, las propias familias, nos han enseñado a entender y seguir verdades absolutas, que sólo se explican por la falta de conocimiento de “otras” verdades también absolutas, lo que hace a ambas relativas.

Y es que cuando uno viaja, cuando uno lee, cuando comparte, cuando conoce, cuando conversa, en la medida que es capaz de escuchar y entender a otros, se da cuenta de que el que tienes enfrente es un legítimo otro, con la misma libertad para ver las cosas de manera distinta a cómo tú las ves. Y eso, amigos, es para mi la culminación, el éxito en el pensamiento del ser humano. Tu punto de vista, aunque no lo comparta, es para mí legítimo si para ti lo es. Tienes todo el derecho a pensar como piensas. Otra cosa es que tus acciones me dañen o menoscaben mi libertad. Ya se sabe que mi libertad acaba donde empieza la tuya.

Nada de esto es nuevo, pero vengo dialogando desde hace años con diferentes personas de estos temas y leyendo al respecto, y creo que aceptar que somos distintos, que tenemos capacidades y cualidades diferentes, entender la diferencia como un valor, nos permite sacar provecho de las relaciones, aprender y enriquecernos. Y no sólo estoy hablando de la amistad, sino que es perfectamente aplicable en la familia, o en el entorno de la empresa, y ni que decir en la política. Lo que yo veo es lo que yo veo. Tengo tanto derecho a tener mi punto de vista diferente al tuyo y a compartirlo, y a darte la oportunidad de que veas con mis gafas lo que yo veo, como tú lo tienes al contrario. Ojalá la humanidad pudiese desarrollar gafas similares a las que proporciona la tecnología 3D para poder intercambiar con otros y apreciar el mundo desde su legítima mirada como el otro que es. Aprenderíamos a tener conversaciones poderosas, creceríamos en vez de limitarnos, dejaríamos de censurar y criticar al otro para centrarnos en admirar y aprender de sus cualidades. En definitiva, seríamos mejores.

No hay nada que me reste más energía que quien, en lugar de aportar, se pasa el día fijándose en lo que hacen otros con el único fin de poner de relieve sus fallos, de enjuiciar su forma de hacer, de criticar a unos y a otros por ser diferentes. En muchos casos, estas personas están esperando que se cometan fallos que justifiquen su fatídico presagio, que le de la razón. Estas personas son dañinas en las organizaciones. Son gente que están instalados en la crítica generalizada como máxima aportación. Gente que no está a gusto con nada ni con nadie, que critica el sistema, el colegio de sus hijos, al casero, al jefe, la autoridad, los procesos,… Gente para la que nada de lo que les rodea está bien. Su verdad es absoluta y no hay otra posible. Son gente que no son capaces de pensar siquiera que se puede ver la vida con otras gafas, de otra manera. 

Un extraordinario poeta asturiano devenido en político, que vivió a mitad del siglo XIX, D. Ramón de Campoamor, no lo pudo decir más alto y más claro como en este bello poema que es, siempre desde mis gafas, la mejor de las maneras de expresar lo que pienso al respecto: 

En este mundo traidor, 
nada es verdad, ni mentira, 
Todo es según el color 
del cristal con que se mira.

Buena semana!

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