Honestidad y humanidad

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Las dos palabras que más me impactaron oír en la boca de Howard Schultz esta semana, fueron estas. Schultz es el Presidente y CEO de Starbucks, con quien tuvimos un encuentro los antiguos alumnos del IESE el lunes pasado, durante la presentación de su último libro: “El desafío Starbucks”. Apuntó también algunas claves para salir de esta crisis: “solo se saldrá trabajando más”, «hay que tener la curiosidad de ver más allá y la valentía de llevarlo a cabo» o «abrazar el ‘statu quo’ no es una receta para el éxito, porque uno tiene que reinventarse»


La pregunta es: ¿Es compatible que una empresa exija más a sus empleados y a la vez sea honesta y humana? ¿Es posible que lo haga un país? ¿Hay otro camino? Coincido con él en que no queda otra que trabajar más, que dejar de mirar por el retrovisor pensando lo buenos que fuimos, o quedarnos atrapados en un determinado puesto o rol, sin pensar siquiera si es lo correcto en adelante.

De eso hablé el martes en la conferencia que impartí en Atisa, con motivo del 30 aniversario de la empresa. Y de eso me hablaron ellos mientras firmaba algunos ejemplares, de la capacidad que ha tenido esta empresa de salir adelante, y la reinvención constante de la que ha sido protagonista estos años. Me sentí muy identificado con los promotores de la idea, cuatro personas que emprendieron casi por necesidad, pero a quienes las cosas les han ido muy bien llevando por bandera dos atributos: Honestidad y humanidad. Curioso ¿no? Treinta años son toda una vida para un emprendedor, y casi un suspiro para un empresario. Treinta años de trabajo, de nuevos clientes, de adversidades, de buenos momentos, de sustos, de alegrías. Treinta años en los que nadie te regala nada. La historia de una pyme con carácter y voluntad de “grande” que ha llegado a serlo. Un reto conseguido, y muchos nuevos por perseguir. Es la historia del crecimiento, y por eso me encantó estar con ellos para celebrarlo con sus clientes y empleados. Fue un verdadero honor estar allí.
Y cuando veo estas cosas, no tengo más remedio que rebelarme frente a esa sensación de “anestesia” general que veo en muchos sirtios, en muchas personas que están esperando a que llegue “nosequé” a salvarnos. Nadie nos va a sacar más que nosotros, no nos engañemos. El estado, por muy social que sea, por muy protector que quiera ser, da para lo que da. Un padre con doce hijos al que no le alcanza más que para dar de comer a tres, por mucho que quiera, no podrá más que repartir las migajas. Y eso es lo que tenemos. Un padre que ha administrado mal nuestros bienes, que se ha gastado el dinero en idioteces y que nos pide que arrimemos ahora el hombro, ahora que la cosa está difícil. Y eso no lo podemos cambiar, venga el padre que venga. El daño está hecho. No podemos mirar hacia atrás por más tiempo. Asumido que eso es así, tenemos dos alternativas: lamentarnos y quejarnos con toda la fuerza y voz que tengamos, agitar a otros para que también lo hagan, o ponernos a buscar las mejores soluciones para salir de esta. Cada uno en su papel, cada uno con el futuro que elija. Cada uno con la soluciones que estén en su mano.
Trabajar y ser buenos en lo que hacemos, poner pasión, entregar el mejor servicio, dar la mejor calidad, sacrificar horas de ocio y diversión, ayudar a otros sin esperar nada a cambio… 
Esto es lo que hay. 
¿El premio? Un futuro mejor, un mañana esperanzador para nuestros hijos, y la sensación de tener la dignidad de haberlo intentado.

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