Obama, su cuñado, la rana y el escorpión

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Hace unos días leía en la inmejorable revista Esquire un artículo de C.Klosterman sobre Craig Robinson, el hermano de Michelle Obama. Hoy, que todo el mundo habla de Obama, que quien más y quien menos está como loco por hacerse una foto con él (no hay más que ver a algún político en la reciente conferencia del G20 en Londres), descubrimos que su cuñado Craig le examinó sobre una pista de baloncesto como método para que su hermana se convenciera que era un buen chico para ella. A estas alturas es por todos conocida la afición al baloncesto del bueno de Barack. Cuenta su hoy cuñado que una mañana Michelle, que tenía por entonces 25 años, le pidió que jugara al baloncesto con Barack. Quería conocer la opinión de su hermano, ya que según Robinson: “Se puede deducir cualquier cosa sobre el carácter de un hombre sólo con jugar al baloncesto”. Afortunadamente para Michelle, el veredicto de su hermano fue claro: “Cuando jugué al baloncesto con Barack, se mostró serenamente confiado, lo que significa que se tenía en buena estima, pero sin ser engreído. Era un jugador de equipo, pasaba cuando tenía que pasar, y cortaba cuando tenía que cortar. Además tenía un liderazgo natural, porque no me pasaba la bola simplemente porque salía con mi hermana”

Interpretaciones aparte de esta última consideración de Robinson, he querido traer este extracto del brillante artículo de Esquire por un único motivo: Una persona se comporta en la cancha como lo hará en la empresa, como lo hará en su vida.

Esto mismo lo conté hace unos días en una conferencia a la que fui invitado en el Program for Marketing Management de ESADE. Compartíamos allí que la naturaleza es terca y sabia. Al igual que en la fábula del escorpión y la rana se acaba achacando a la rana la estupidez de haber aceptado a cruzar al escorpión, se critica salvajemente al escorpión por morir en el río picando a su salvadora. ¿Pero qué podían hacer? El escorpión es como es, vale, pero ¿y la rana? ¿Por qué pensamos que la rana tenía elección? La rana también es como es. Y lo peor es que ella lo volvería a hacer.

Si la rana y el escorpión jugaran un partido de baloncesto, la rana iría un rato antes para explicarle al escorpión las reglas del baloncesto, le avisaría de las zonas del campo que escurren, y le indicaría desde donde no se puede tirar porque te da el sol en los ojos. El escorpión, por su parte, escucharía a la rana, por supuesto no le agradecería el detalle y le pediría empezar cuanto antes: ¡Acabemos con esta farsa, rana, te voy a machacar! La rana, también por supuesto, iría a por todos los balones que se fueran lejos, reconocería sus faltas (aunque no hubieran sido), ayudaría al escorpión a calentar, le daría agua en los descansos, y hasta le secaría con sus propias ancas el sudor de la frente. El escorpión por su parte haría todo lo posible por ganar de paliza a la rana, la dejaría en ridículo en cada canasta, y naturalmente la estaría gritando todo el partido delante del resto de ranas, repitiéndole reiteradamente lo mala que es.

Y nada de esto evitaría que al cruzar el rio, el escorpión pidiera, casi suplicara, a la rana que le ayudara a cruzar, y la rana, a sabiendas, tampoco podría evitar llevarle. Ambos son así, no lo pueden evitar.

Por eso Robinson quiso probar el instinto primario de su futuro cuñado jugando al baloncesto. Porque es donde mejor se conoce a las personas, donde sale lo mejor y lo peor de cada uno. Manejar esos resortes, conocer a las personas en sus estados primarios, y saber manejar las diferentes soluciones posibles, te da una ventaja en el mundo de la empresa inimaginable.

Nunca pensé que algún día tendría que agradecer tanto a mis padres el que me hubieran permitido jugar a este deporte durante años.

¡Felicidades Esquire por el reportaje!

¡Felicidades Robinson por el dianóstico!

¡Y Felicidades Michelle por el “tino” que tuviste!

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