De los cambios y las oportunidades

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Sería muy fácil y muy manido recurrir a la similitud entre los grafismos chinos de las palabras crisis y oportunidad. Se ha utilizado mucho precisamente para destacar la cantidad de oportunidades que se esconden tras una crisis. Pero, ¿y qué hay de las oportunidades que se esconden en un simple cambio cuando este es voluntario? Hace algún tiempo escribí en este mismo blog que cambiar duele, animado por una conversación que acababa de tener. Sin embargo, en la historia de la humanidad, el cambio es un elemento natural en la vida de las personas. Cambiamos físicamente, cambiamos de ciudades, cambiamos de parejas, cambiamos de domicilio…. 


Pertenezco a una generación, y probablemente a un entorno social, en el que buena parte de los cambios nos vienen inducidos por factores externos: el tiempo que llevamos en un sitio, la obsolescencia de las cosas, lo que hacen nuestros semejantes, … Estos son algunos de los elementos que nos impulsan a cambiar vagamente, siquiera por seguir a la corriente. Las dudas llegan cuando los cambios son voluntarios, persiguen sueños e implican riesgos. Riesgo a perder lo que has conseguido, el estatus, el coche de empresa, una buena situación económica… Ese riesgo, en ocasiones, se convierte en un miedo que nos atenaza, y que no nos permite elegir con libertad. Jorge Santín, un muy buen amigo, me pasó el otro día un magistral artículo en el que se hablaba de libertad y seguridad. La suma de ambos es siempre 0 para mí. Llevado al extremo, si uno aspira a tener seguridad 100%, deja de ser libre, por cuanto se somete a unos patrones que minan su libertad de acción, de elección. El precio de poder elegir, de tomar un rumbo desconocido, de ganar libertad, es la inseguridad. Cuando uno elige, siempre deja un camino que nunca sabrá a donde le podría haber llevado. Conozco personas que mantienen que nunca han elegido. No son del todo conscientes de que no hacer nada es en sí estar tomando una decisión, que es no hacer nada. Pero la libertad no es sólo elegir, sino aceptar lo que no hemos elegido. Debemos quedarnos con las enseñanzas que nos proporcionan las situaciones que creamos, y no mirar atrás para ver qué podría haber pasado. En los tiempos en los que asesoraba a clientes de banca privada con sus inversiones, esto era una de las reglas de oro. Uno no puede vender un paquete de acciones y seguir mirando la cotización para ver lo que hubiera pasado de quedárselas. No es malo mirarlo para ver si encuentra otra nueva ventana de entrada, otra nueva buena oportunidad de comprar, pero no para lamentarse de la venta. Y esta es la segunda derivada que debemos aprender de los cambios: No son para siempre. El que algunos cambios sean irreversibles, no convierte a la nueva situación en definitiva. Cuando uno va montado en un caballo y elige un sendero nuevo, no tiene certeza de lo que le podría haber deparado si hubiera seguido, es verdad, pero tiene la certidumbre de que, llevando las riendas, siempre podrá elegir un nuevo camino si el que transita no le satisface. Esta segunda derivada le quita mucho hierro a las decisiones, las hace más livianas. Nada es para siempre, de manera que volver a cambiar es una opción que estará siempre, valga la redundancia, a nuestro alcance. 


Pero en la vida hay que tener un plan. En mis clases de estrategia siempre digo que si no tenemos claro dónde queremos llegar, cualquier cosa que hagamos nos irá bien. Pero eso, a la larga, es un problema. Decidir con un fin en la mente es una cosa, e ir donde nos lleva la corriente es otra muy distinta. No diré que peor, pero no es exactamente lo mismo. Una de los personajes que más admiro es Leonardo Da Vinci. Él supo reinventarse cada poco, y fue un extraordinario físico, matemático, inventor, pintor… Supo dar sentido a su vida, y a la del resto de la humanidad de paso, haciendo cosas muy diferentes, y eso no le hizo apartarse de su camino: Provocar a la mediocridad, llevar al cerebro humano a nuevas cotas, a conseguir cosas inimaginables en los campos en los que trabajó. Está claro que las oportunidades provocan cambios, y los cambios, nuevas oportunidades.


Dejadme que acabe este post con una cita, al hilo de la dificultad para cambiar, que demuestra que esta es una preocupación de los seres humanos hace ya miles de años. Es de Séneca, y dice: «No nos hace falta valor para emprender ciertas cosas porque sean difíciles, sino que son difíciles porque nos falta valor para emprenderlas». Hace un mes decidí emprender una nueva singladura que me está llevando, en este preciso momento, a tierras lejanas, a tierras que ya son cercanas para mí, a trabajar en nuevos retos, a aportar nuevas formas de hacer y aprender otro montón de ellas.


Este va a ser un año muy divertido, como el pasado, como el siguiente. Buena semana y buena travesía

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