Los cambios

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Cambiar, que gran palabra y cuanto nos asusta en ocasiones.
Y no hay motivo. El ser humano está cambiando desde los primeros minutos de gestación. Desde que estamos en el vientre materno, desde el primer segundo de vida, no hacemos otra cosa que cambiar: lo hacemos de forma, de tamaño, de ubicación, de postura,…. El cambio y el ser humano están estrechamente ligados. No hay manera de separar ambas condiciones. Entonces, ¿Por qué nos cuesta tanto cambiar? ¿Por qué nos aferramos a los hábitos adquiridos? ¿Por qué en las empresas cada cambio es un disgusto?

Buena parte de las razones las encontraremos en los miedos heredados. Nuestros padres, con la más sana intención de protegernos, siempre han intentado que nos manejemos con aquellas cosas que ya sabemos hacer: “No te subas al columpio que te caerás, si coges ese cuchillo te puedes cortar, ten cuidado con el coche que puedes tener un accidente…” Miedos, siempre miedos y respeto profundo por lo desconocido. Las sociedades más ingeniosas siempre han sido las sociedades más libres, las que han permitido a sus individuos experimentar, probar, equivocarse, y por utilizar la palabra mágica, las que les han permitido cambiar.

En los cambios siempre hay nuevas oportunidades. Cuando uno decide hacer un cambio en su vida, en su trabajo, en sus amistades, siempre lo hace con la esperanza de encontrar algo mejor. Pero también lo hace siempre con el miedo a equivocarse. En la balanza habrá de poner las dos cosas y actuar en consecuencia. Pero, antes de que llegue ese momento, deberá tener en cuenta algunas consideraciones. La primera de ellas es que salvo que sea la última decisión de su vida, la nueva situación no es para siempre. Es cierto que algunas decisiones son irreversibles, no permiten vuelta atrás. Alejandro Magno dio muestras de ello cuando en el año 335 a.c. abordó las costas de Fenicia, y ante el numeroso ejército que le esperaba, decidió quemar las naves para que sus hombres no tuvieran más remedio que luchar o morir. La vuelta sólo se podía hacer con los barcos de los enemigos. Bueno, así ganaron aquella épica batalla. Pero si uno toma una decisión libre, meditada y suficientemente valorada, tendrá tanta fuerza para buscar en ella el éxito que espera que difícilmente, cuando encuentre obstáculos, tendrá problemas para salvarlos.

Una persona que haya jugado al baloncesto durante años, lo habrá hecho en varios equipos y ciudades. Enfrentarte a una nueva afición, a unos nuevos dirigentes, a una nueva ciudad, adaptarte a una nueva casa…. son tareas que ciertamente generan un cierto estrés personal. Pero se convive con él y se aprende a manejarlo. Y lo mejor de todo es que cuando uno se acostumbra a hacerlo, a los pocos días te encuentras como en casa. Porque en las nuevas ciudades, en los nuevos trabajos, con los nuevos compañeros, siempre encontramos cosas que no teníamos antes. Nuevos afectos, nuevas costumbres, nuevos idiomas… y es el mejor lenguaje que entiende nuestro cuerpo, el aprendizaje constante. ¡Llevamos haciéndolo desde que éramos una solo célula!

¿No ha dicho o pensado alguna vez “por qué no lo habré hecho antes”?. Pues si tiene la más mínima intención de gestionar un cambio de algún tipo en su vida, no lo piense. Sencillamente valore la mejor opción y hágalo. En el viaje se va a sentir como pez en el agua.

Es cierto que a menudo que uno va teniendo mejor posición en una empresa, más cosas materiales, una buena casa, buenos vecinos, una escuela interesante para los niños,… se aferra a lo que ya tiene sin pensar en lo que se está perdiendo. Si usted ni siquiera piensa en lo que podría estar haciendo no lo intente, no cambie. Pero si, como nos pasa a la mayoría de los mortales, siente que está capacitado para hacer mejores cosas, le ha llegado el momento de cambiar. Elija bien los compañeros, escoja el mejor momento, la mejor ruta, y láncese a la aventura. Cambie. Será su decisión, y una vez que esté allí, si no le gusta, siempre podrá volver a elegir otro cambio. Ya estará usted entrenado.

© Raúl Castro
http://www.tiempoparadecidir.com/

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