Esforzarse y disfrutar

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¿Son dos palabras antagónicas? ¿Dos actividades incompatibles? Yo creo que no.

Esforzarse y disfrutar no son cosas incompatibles. El lunes nos lo decía la nueva profesora de mi hijo pequeño: “Los niños tienen que irse contentos del colegio. Vamos a trabajar mucho, van a aprender, van a tener que esforzarse, pero si no llegan a casa contentos, si no salen de aquí felices, algo está pasando. Vigilad esto”. A mi me encantó. Creo que no hemos venido a esta vida a sufrirla, sino a disfrutarla. Los trabajos, las ocupaciones, nos han de exigir esfuerzos, pero eso no significa que tengamos que padecerlos. No es incompatible disfrutar de la actividad mientras “se suda la camiseta”.  Una de las frases con las que hemos crecido los de mi generación es “sacrifícate, esfuérzate, lucha, ya tendrás tiempo de disfrutar”. Me parece que tenemos mucho que agradecer a esa capacidad de sacrificio, que en mi caso además se solapa con la aprendida en el deporte, pero estoy en claro desacuerdo con el final. No podemos esperar a disfrutar algún día, debemos hacerlo en el camino. 

No cabe duda de que estamos en un momento difícil, subiendo una dura montaña empinada. Es tiempo de sufrir, como se sufre subiendo el Anglirú o el Mortirolo,  pero también de disfrutar con el esfuerzo, sin esperar a llegar a la meta. Mi vecino Jose Antonio me lo decía hace unos días mientras yo sufría subiendo por la ruta del Arcipreste de Hita en bici. “Disfruta el camino, disfruta el paisaje y verás cuando llegues”… El deporte tiene estas cosas, que enseña a sufrir mucho, a pasarlo mal, a no tirar la toalla, sabiendo que todo tiene su recompensa. La satisfacción de conseguirlo, de obtener aquello por lo que has peleado, es inenarrable. 

Ahora hay muchas personas que puedan estar leyendo esto que lo estén pasando mal por no tener trabajo, por estar buscándolo con escasos resultados. Yo lo entiendo, me pongo en su piel, conozco la sensación. Pero esa angustia, ese malestar, lo llevan a cada entrevista de trabajo, a cada reunión, muchas veces sin quererlo, pero lo llevan. Y eso llega al interlocutor, quien difícilmente confiará un empleo a alguien con el ánimo por los suelos. El círculo se cierra y se vuelve vicioso. Otra negativa, peor estado de ánimo.

Por eso hay que elevar la moral, mirar al horizonte, prepararte cada mañana pensando en que hoy lo voy a conseguir, ponerte guapa/o por fuera y por dentro, cada día, y no desfallecer. Y si no llega, por la noche hacer un repaso de lo que podíamos haber hecho mejor, y vuelta a empezar a la mañana siguiente. A disfrutar cada pequeño detalle, cada pequeña victoria, porque sólo así se transmite seguridad, se habla con pasión, y la gente te quiere tener a su lado.

Hoy estoy en Segovia, una ciudad en la que viví casi dos años, hace dieciocho, trabajando en mi anterior empresa. He venido a cerrar un acuerdo para escribir una columna en El Adelantado, el periódico local. He querido llegar de buena mañana para vivir la ciudad como cuando vivía aquí. En su momento no fue fácil llegar y trabajar para una empresa casi desconocida, aprender a vivir sólo, casi sin dinero, integrarme en sus costumbres, hacerme amigo de sus gentes, ganarme la confianza de los clientes… No fue fácil. Pero fue divertidísimo. Trabajé de forma incansable, 24 horas al día. Mereció la pena por lo que disfruté con ello y por todo lo que la ciudad me devolvió. 

Mientras miraba el acueducto, pensaba en el esfuerzo que han tenido que hacer millones de personas año tras año, siglo tras siglo, para que conozcamos la ciudad como es. A la derecha, me he encontrado esta vista con la luna despidiéndose tras hacer su trabajo, ocultándose tras los árboles mientras parecía decir: “¡Volveré! El sol viene a ocupar mi lugar protagonista, pero yo volveré”.  

Siempre hay un rayo de esperanza, siempre hay una ocasión de volver, siempre hay un camino para quienes hoy están perdiendo su partido. Disfrutemos del esfuerzo del camino, que los demás lo vean, y que quieran que les acompañemos. No hay otra vía.
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