El precio de confiarse

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Lo más tentador en estos momentos para un aficionado al baloncesto, cuando nos acaba de ganar un equipo como el lituano con el que no perdíamos desde hace la tira, es hablar de lo mal que lo ha hecho el equipo. Sería políticamente incorrecto hacerlo, pero además es que no aporta nada. Hacer leña del árbol caído es el deporte nacional y mañana los titulares lo van a reflejar.
En estos momentos cada jugador sabe lo que ha hecho mal. Muchos de ellos son campeones del mundo, subcampeones olímpicos, campeones de Europa, y todos ellos llevan a sus espaldas muchas horas de vuelo. Con este bagaje, hoy cada uno sabe ya dónde ha fallado. Incluso el cuerpo técnico sabe en lo que ha fallado. No se aporta nada con la crítica destructiva. Pero tampoco se aporta diciendo que no ha pasado nada. Todo el mundo sabe que nos hemos confiado y hemos de pagar un precio por ello. El primer plazo lo hemos pagado hoy mismo. Lo peor no es perder, sino la cara que se te queda. La sensación de impotencia que ha dado el equipo tras dejarse rebajar diecinueve puntos lo dice todo.
En el baloncesto, como en la empresa, como en la vida, no se puede vender la piel antes de cazar al oso. Cuando los comentaristas de televisión estaban especulando sobre si interesaba más ganar de mucho o de poco al calor de la enorme ventaja que llevábamos, Epi, un extraordinario jugador ha dicho: “Primero vamos a ganar, ya tendremos tiempo de ver de cuanto” Ese es el espíritu que no nos ha invadido, el del esfuerzo hasta el final y el respeto por el contrario.
Ahora es tiempo de poner remedios, de repasar los errores. Las derrotas enseñan mucho más que las victorias. Ahora hay que pasar el duelo, hacer una reflexión individual y trabajar en equipo para que no nos vuelva a pasar. Un equipo que quiere ser campeón no puede confiarse de esta manera.
Mando mi apoyo al equipo, deseo que solucionen sus problemas y que sigan trabajando para hacernos disfrutar de su desparpajo, sencillez, humildad y buen baloncesto.
Ya hemos pagado por nuestro error. Ya hemos tocado suelo. Ahora no hay otra dirección posible que subir.
¡Ánimo, chavales!, que estas cosas pasan.
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