Uno de los nuestros

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Hoy hace quince días que Chus Carrión nos ha dejado. 

He tenido que dejar pasar estas dos semanas de recuerdos, de tantas historias vividas, para poder hablar de tí del tirón, sin que las lágrimas vuelvan a paralizarme y se interpongan entre los dedos y el teclado. 

Alberto Cortez no lo pudo reflejar mejor en su conocido bolero: 

“Cuando un amigo se va 
queda un espacio vacío, 
que no lo puede llenar 
la llegada de otro amigo”.


Chus, has sido inimitable y vas a ser insustituible. 

Nos conocimos jugando al baloncesto hace 26 años. Por estas mismas fechas. Las pretemporadas siempre son muy duras en lo físico, y algo inquietantes en lo personal, ya que has de adaptarte rápidamente a nuevas personas y formas de hacer. Contigo no fue nada difícil. Mantuvimos un roce un día, lo hablamos, y fue el último. Y de eso hace 26 años. 

Has sido un personaje que te has sabido reinventar cada poco. Mil oficios, mil pasiones, mil lugares, mil playas, mil garitos, mil vivencias, miles de amigos. A uno se le parte el alma cuando ve cómo gente tan querida por tantas personas se va tan de repente, sin avisar. Dos mensajes horas antes de que te fueras es lo único que ambos adivinamos a ponernos a modo de despedida. Si llegamos a saber que eran los últimos, nos habríamos dicho tantas cosas… 

Por eso te escribo, Chus, para que todos sepan que fuiste un extraordinario amigo, un buen colega, un hermano, y que sepas que te vamos a llorar mucho, especialmente el 24 de Diciembre. En estos 26 años hemos mantenido la costumbre de juntarnos para comer ese día los de siempre, los nuestros, “los del Canoe”, como una liturgia… ¡Joder, es que hemos sido una piña!. Te llevas cosas mías, nuestras, que nadie sabrá nunca. Nos quedamos con tus recuerdos mejores, con los más personales, con los que sólo unos pocos conocemos.

El 16 de Agosto ibas a hacer tu primera exposición. Una enorme obra fotográfica, elaborada tras años de subirte a infinidad de aviones, y sobrevolar nuestras ciudades para enseñarnos lo que se ve desde ahí arriba. 



Chus, ahora no necesitas aviones. Sé que desde donde estés nos ves cada día, te preocupas por nosotros y aunque no vayamos a hablar en algún tiempo, nos echas de menos tanto como nosotros a ti.

Si estuvieses aquí seguiríamos cantando entre risas:

“Cuando un amigo se va 
una estrella se ha perdido 
la que ilumina el lugar 
donde hay un niño dormido”.


Hasta siempre, hermano.



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