Pasar página

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Tenías que haber visto esto hace unos años. Lo inauguró Julio Iglesias en el 74. Abajo teníamos la discoteca, y atrás el salón de banquetes. ¡Qué tiempos! Aquí había una fila permanente para cenar, para comer… los domingos era casi imposible encontrar mesa. Y ahora mira”. Con esta nostalgia nos hablaba hace unos días el dueño de un conocido restaurante de la costa levantina, mientras comprobábamos que éramos la única mesa ocupada del otrora afamado restaurante.

Esa misma tarde, viendo la segunda parte de Wall Street, la reciente película de Oliver Stone en la que recrea el fin de la burbuja financiera, una escena me volvió a llamar la atención. Un joven bróker le dice a un amigo: “vende ahora que puedes, puedo sacarte el 50% aún, perderás sólo la mitad, esto se desploma, y no hay solución posible, no hay vuelta atrás…”

Estos dos hechos, aunque ocurridos en distintos momentos en el tiempo, me hicieron reflexionar sobre cuál es el momento en el que pensar que es mejor pasar página. El momento de asumir que este no es el camino y dar marcha atrás. El momento de reconocer que igual nos hemos equivocado y que conviene dar la vuelta. El momento de darse cuenta de que las circunstancias han cambiado y que ya no nos vale seguir haciendo lo mismo.

Ya por la noche leo en el periódico este estremecedor titular: “El conductor de un turismo se ahoga en un pantano por seguir al pie de la letra las indicaciones de su GPS”. “La culpa fue del navegador”, decía el único superviviente. Dos senegaleses que no conocían la zona y viajaban de feria en feria vendiendo bolsos, seguían las instrucciones de su navegador por la noche, cuando éste les llevó hasta el interior del embalse de La Serena, en Badajoz. El “obstáculo” lleva allí nada menos que veinte años. Una verdadera desgracia.

Demasiadas coincidencias. Hay veces en la vida que es necesario reconocer que el camino actual no nos lleva a ningún sitio. El momento de tomarse un tiempo para pensar, un tiempo para decidir cuál es el camino que debemos seguir en adelante. Y para saberlo, no nos podemos fiar ni de los medios técnicos, que a veces confunden más que ayudan.

Pero el papel lo aguanta todo. Es fácil decir esto aporreando las teclas de un ordenador. Ahora dile a un naufrago que igual el tronco al que está aferrado no es más que un alargamiento innecesario de su agonía. Anímale a que deje el tronco, a que eche a nadar en una dirección concreta, a que visualice su destino, a que imagine un final feliz, y se lance a dar brazadas en pos de él… Algunos de los libros que he leído recientemente animan a irresponsables soluciones de este tipo con una ligereza que pone los pelos como escarpias. Andrés Pérez Ortega me lo decía hace unos días: “Hoy hay mucha gente que lo primero que debe hacer es garantizar la subsistencia, trabajar de lo que sea. Ya tendrá tiempo de perseguir su sueño.” Es como volver unos escalones abajo en la pirámide de Maslow. Pero hay que decidir bajar. Hay que estar convencido de que eso es lo que ahora toca, olvidar tiempos pasados, y reconducir nuestra vida.

Decisiones difíciles para tiempos duros. Eso es lo que nos está tocando vivir. Vender el infravalorado paquete en bolsa y comprar menos acciones de empresas sólidas con buenos dividendos, cerrar el megarestaurante y montar un pequeño bistró para llevar con la familia, detenerse en una gasolinera y preguntar aún a riesgo de tener que conducir sesenta kilómetros para bordear el pantano… Todas ellas son soluciones acertadas que sabemos tomar los lunes, una vez que la jornada de la quiniela ya ha acabado. Entonces todos sabemos lo que iba a pasar…

La verdad es que, a veces, pasar página no es tan sencillo.
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