Negociando el futuro

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Comienzo estas líneas inspirado por el seminario sobre negociación que acabo de impartir en Punta Cana, para un importante cliente de nuestra escuela.

Podría parecer que trabajar en el Caribe no lo es, pero ha sido un trabajo bien intenso condensar en un par de horas un mensaje que fuese atractivo, al tiempo que tuviese utilidad para el cliente y los participantes de la firma. Siempre es igual: La clave es trabajar con un tremendo respeto hacia las personas que tienes delante, porque suman cientos de años de experiencias dispares, muy ricas, muy intensas, y uno se siente pequeño al lado de tantas mentes brillantes. Sólo cuidando los detalles, entregando todo aquello que sabes y puedes dar, tienes una cierta garantía de haber cumplido con el deber. 

Y de lo que hablábamos es de negociar y vender, dos asuntos tan antiguos como la propia historia del ser humano. Las personas sabemos de negociar posturas, de negociar precios, de llegar a acuerdos con otros… Nos pasamos la vida haciéndolo, pero, ¿negociamos con nosotros mismos? ¿Negociamos, por ejemplo, lo que queremos hacer con nuestros destinos? ¿Cómo queremos reenfocar nuestro futuro? ¿Con quien negocia esto uno? Pues consigo mismo, ¿no? Pero, si negociar es intentar encontrar un buen acuerdo para dos o más partes, ¿quién es nuestra contraparte? 


Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha tenido sus pensamientos, sus ideas, sus creencias, divididas en dos: Lo correcto o lo incorrecto, lo bueno o lo malo, lo fácil o lo difícil, lo evitable y lo inevitable. No se sabe a ciencia cierta si negociar con uno mismo persigue intentar cambiar de pensamiento o supone darnos permiso para avanzar, o bien para aplacar nuestros ánimos…. ¿Cuántas veces negociamos con nosotros mismos? ¿Cuántas veces nos damos la oportunidad de escucharnos, de dedicarnos un rato, de crear el espacio, el tiempo y las circunstancias para oírnos con detalle? Sólo así podríamos empezar a pensar en nuestro presente y a negociar nuestro futuro. Hablando de negociar, en Harvard se acuñó lo de la Mejor Alternativa posible para un Acuerdo Negociado, que se ha convertido en la sigla MAAN. ¿Cuál es la mejor alternativa para mi futuro? ¿Cuántas tengo? ¿Cuáles deseo? ¿Cuáles están a mi alcance? ¿Con cuáles he de hacer algo para que lo estén, y qué es lo que tengo que hacer? ¿Qué me pide el cuerpo? ¿Qué necesito? ¿Qué quiero? ¿Y para los que me rodean? ¿Es compatible lo que necesito/quiero/anhelo con lo que ellos necesitan, con lo que demandan o se merecen? Bueno, seguro que hay muchas más preguntas sin resolver que sólo cada quien conoce. Lo importante es encontrar el momento, la motivación, e igual la necesidad de hacer balance, saber dónde estamos y preparar una ruta por la que caminar.

¿Herramientas? Hay muchas, pero no se necesita más que un papel, o unos pocos, en función de lo amante de pintarrajear hojas que uno sea, un bolígrafo, un poco de música inspiradora, un lugar adecuado, y tiempo no limitado. No se necesita más. Eso y ganas de reflexionar, de “afilar el hacha”, de regalarnos un poco del tiempo que nos merecemos… Sólo nos hacen falta ganas de negociar nuestro futuro inmediato, o más lejano, con nosotros mismos. Y adelante. Y es que cuando uno ha encontrado un buen acuerdo consigo mismo, cuando está en paz y satisfecho con lo que es y con lo que está buscando, es cuando las cosas empiezan a cobrar sentido; y entonces todo fluye.


Buena negociación
  

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