¿Es usted objetivista o relativista?

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Hace algunos meses discutía con un compañero sobre relativismo u objetivismo, las dos grandes teorías para enfrentarse a la verdad de las cosas. En los tiempos de Platón y Sócrates, los dos defendían la naturaleza de una sola verdad universal, el objetivismo. Llegaban a la verdad a través de la mayéutica, del arte en el que el alumno encontraba la verdad a través de las sabias preguntas del maestro. Se burlaban y atacaban con cierta virulencia a los sofistas, aquellos que trataban de entender que existen tantas verdades como interpretaciones daban las gentes. 

Viniendo hacia nuestros días, podemos encontrar personas que se sirven de éste último concepto. D. Ramón de Campoamor acuñó aquellos versos que decían: 

“En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira”. 

También el poeta Almafuerte (1854-1917), en una décima de sus Milongas clásicas, decía:

 “Yo proclamo lo que digo / sin meditar lo que dije / ni me asombra ni me aflige / pensar que me contradigo / cualquier ideal persigo, / pues todos los hallo buenos: / los magines están llenos / de juicios que no se avienen / y las mismas cosas tienen / mil razones por lo menos”.


En aquella conversación se me tildaba de “relativista”… Y es verdad, igual lo soy por pensar que todo es relativo. En los dos últimos años, diría que casi en los diez últimos años, he trabajado mucho en aprender de otros, en entender que lo que opinan es legítimo, que lo que piensan es explicable bajo su prisma, que sus decisiones obedecen a un conjunto que tiene que ver con genes, educación y experiencia. Cada vez más me asustan las personas que sólo tienen un punto de vista sobre cualquier tema, que no saben, no quieren o no les compensa conocer otros puntos de vista y valorarlos como diferentes, encontrando elementos que engrandezcan y amplíen sus juicios sobre las cosas. Yo he sido muy así, pero me lo estoy quitando….

Pero ¿qué es la verdad? ¿hay una verdad absoluta? ¿es la verdad relativa? 

Las reglas, las normas que ponen los gobiernos y los estados, conforman el estado de opinión de lo que está mal o está bien. Lo que está mal se sanciona y lo que está bien se permite. Cuando se baja al entorno de las familias nos encontramos una inmensidad de reglas que premian o castigan, y que definen el bien y el mal. La razón o la sinrazón. El premio y el castigo. Lo aceptable y lo inaceptable. Y eso, sin querer (o queriendo), va conformando “la verdad” del ser libre, condicionándolo a aceptar lo que otros consideran que es bueno o no.  Curioso, ¿no? Hay tantas verdades como parejas, como familias, como gobiernos o como naciones. Hay tantas verdades como leyes, constituciones o religiones. Y todas ellas son verdades absolutas, infranqueables, intolerantes en muchos casos. Algunas son verdades excluyentes con los que no piensan lo mismo, por lo que en ocasiones se contradicen. 

Tomo un extracto del libro “Emociones y Lenguaje en Educación y Política” de Humberto Maturana, a quién descubrí en mi certificación como Coach Ejecutivo hace años, para dibujar mi acercamiento a este interesante tema:

«Si me encuentro con el otro desde una posición en la que pretendo tener un acceso privilegiado a la realidad, el otro debe hacer lo que yo digo o está en contra mía. En cambio, si me encuentro con el otro, consciente de que no tengo ni puedo tener acceso a una realidad trascendental independiente de mi observar, el otro es tan legítimo como yo, y su realidad es tan legítima como la mía, aunque no me guste y me parezca amenazante para mi existencia y la de mis hijos. Más aún, puedo decidir actuar en contra de ese otro y la realidad que configura con su vivir, pero lo haré bajo mi responsabilidad y deseo, no porque él o ella estén equivocados».


Un abrazo absoluto o relativo, a su gusto, y buena semana para todos.

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